Mostrando entradas con la etiqueta Oteiza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oteiza. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de julio de 2009

Este y otros 7 poemas de Jorge Oteiza estaban en poder de su amigo Elias Amezaga, que los entrego a Arbola con la indicación expresa de que no se publicaran. Pertenece a un capitulo de El Disparatorio (bisemia).

La tierra es para todos

Subido al aparador de océanos
con mi escalera para escalar armarios
una taza solamente
con mis dolientes recuerdos
en la orilla repitiéndose las olas
flotando sin moverse
unos pájaros muertos unas hojas
un sábado y un domingo de la mano ahogados
unos peces blancos abrazados
la cariátide dijo al angel y no supo contestar
la tierra no nos llega se nos está acabando
volábamos bajo
huyendo de los angeles radares
estamos en el fin a ninguna parte hemos llegado.



Para esto para nada para tierra
me avergüenza haber vivido tanto
vengo de los demás cansado
mis maltratados huesos
solo dormir no me despertéis
ponedme en la mano tierra
tierra alrededor
he sido eso tierra
una isla rodeada de tierra
de caminos y de hemos venido a visitarte
por fin descanso mierda.



Innumerables las perdidas horas
hombres palabras decimales
toda la tierra
la tierra y sus tractores
ya no queda tierra para uno
pronto
la tierra es para todos
a mi acostadme de un lado
que sea del derecho es como duermo
y no me toquéis
no quiero nada encima
sólo hierba
que pueda sentir una vaca que pasea
que la meada de la vaca o la de un pollino
me llegue hasta el costado izquierdo
tierra a la vista
llego un poco tarde
perdonadme
ya estamos todos
podéis mezclar nuestros huesos.





No soy el que era
tampoco el que ahora soy
incendio de amor
mi arado de madera
mi viejo corazón de palo
escribo que me voy
portazo
con mi puerta de papel


(Del libro ‘Existe Dios al Noroeste’, Ed. Pamiela, 1990)


¿A ti te ofende el insensato? (A tí, sí) Pero lo único que nos ha valido en nuestra historia es lo que ha hecho el insensato.

Intravenosa


He visto morir a Itziar, no he podido hacer nada.
Me acerco, lloro junto al árbol, miramos los dos al cielo.
Seguramente no estás ya en ninguna parte, solamente aquí, en mí, conmigo.
La ha besado la muerte.
Baja en su rostro lentamente, de Dios, una lágrima de sufriente, infinita dulzura.
Me acerco a Dios. En lo alto de una colina lo veo desaparecer.
Le seguían a distancia unos campesinos con alas.
Entro y salgo en la palabra.
Entro en el muro y salgo.
Entro en mi cuerpo y salgo.
No es tan incompleto mi cuerpo, mi país.
Entro en mi país y salgo.
Entro en la palabra. Me quedo.
Os digo que no estoy.
Estamos en el fin. A ninguna parte hemos llegado.
Ponedme en la mano tierra, tierra alrededor.
Ya no queda tierra para uno, pronto.
La tierra es para todos. A mí, acostadme de un lado.
Que sea del derecho. Es como duermo.
Y no me toquéis. No quiero nada encima, sólo hierba.
Que pueda sentir una vaca que pasea.
Que la meada de la vaca o de un pollino me llegue hasta el costado izquierdo. Tierra a la vista.
Llego un poco tarde, perdonadme.
Ya estamos todos. Podéis mezclar nuestros huesos.

Poema que Jorge Oteiza escribió tras la muerte de su esposa, Itziar Carreño, en diciembre de 1991

















Pasé la vida,
quemé mis horas,

insatisfecho.

Por eso siempre anduve

buscando a Dios.


Traté de verle

en las entrañas de las cosas.

Soñé sorpresas,

toqué descubrimientos.

El espectáculo como manipulación del tiempo

devino técnica de comunicación.


El dolor de la vida me llevó al gozo

de lo más espontáneo, sencillo, directo.

Y allí descubrí

el gran espectáculo

de la ciega cohesión amorosa

que me iluminó de sensibilidad.

Creí en el camino real,

no busqué nunca las trochas,

tropecé, obvio, con férreas estructuras,

entregué mi energía en el empeño de
modificarlas.


Siempre anduve tropezando,

cayendo, levantándome

por milagro,

animándome por ilusionado.


Torpe, sin poner inteligencia
siempre apasionado
viviendo de milagro.

Pasé la vida. José Val del Omar, Tientos de erótica celeste, selección y adaptación de Gonzalo Sáenz de Buruaga y María José Val del Omar (Granada: Diputación de Granada 1992)

martes, 6 de enero de 2009






















Tarkovsky.

"Para el hombre que vio el angel"

"Hoy se entierra a los muertos de manera anti-ecológica. Los muertos se pudren en un féretro a cuatro metros bajo tierra. Las raíces de los árboles no pueden regenerase. Además los muertos están separados del cielo y de la tierra por una losa de cemento y flores artificiales. El hombre debería ser enterrado sólo a medio metro, o dos pies bajo tierra. Luego allí debería plantarse un árbol. Debería ser enterrado en un ataúd degradable, de forma que cuando se plante un árbol encima, el árbol se beneficie de su sustancia, y lo cambie por sustancia de árbol. Cuando se visita una tumba no se visita a un hombre muerto, se visita a un ser vivo que se acaba de transformar en árbol. Sigue viviendo en el árbol.” (Friedrich)

"Hemos rechazado la idea con la que se construyen nuestros cementerios como residencia de los muertos o ciudades de llegada y que se contradice con la idea cultural, religiosa, de la muerte como viaje, como partida a un mas alla que puede estar fuera de este mundo o en este. A la formula "aqui yacen" corresponderia mas justamente la "desde aqui han partido, se han ido". Oponemos al concepto de cementerio como espacios ocupados, la construccion espacial vacia y sagrada que simbolizaria religiosamente una estacion de salida de ferrocarril o aeropuerto" (Jorge)






















Sucede que la sociedad ha vencido al artista, sabe que lo ha domesticado, lo ha instalado sabiamente en un gran Zoológico de jaulas, de galerias por todo el mundo, cuida a su artista doméstico como animal de granja, lo alimenta, lo mima, con exposiciones y lujosos catálogos, con premios, con becas, con encargos. Para que no moleste y no molestára. Alguien me ha reconocido entre nosotros (creo he sido yo mismo) como el último artista incómodo...

Cartas al principe (Oteiza 1988)