
El padre abandonaba a su hijo, la esposa a su esposo, un hermano al otro; pues esta enfermedad parecía extenderse por el aliento y la vista. Y así morían. Y no podía encontrarse a nadie que enterrase a los muertos por dinero o amistad. Los miembros de una familia llevaban a sus muertos a una zanja como podían, sin sacerdote, sin divinos oficios […], grandes agujeros se abrían y eran llenados con multitud de muertos. Y morían a cientos de día y de noche… Y en cuanto esos agujeros se llenaban, se abrían otros nuevos […] Y yo, Agnolo di Tura, llamado el Gordo, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos. Y había también otros que estaban tan levemente cubiertos por la tierra que los perros los arrastraban fuera y los devoraban en plena ciudad. Nadie lloraba por ninguna muerte, pues todos esperábamos la muerte. Y tanta gente moría que todos pensábamos que era el fin del mundo. Esta situación continuó [desde Mayo] hasta Septiembre.
Agnolo di Tura, de Siena.
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