martes, 10 de febrero de 2009






















Los niños nacen muertos y son despertados a la vida por el silencio que sucede al parto. Si bien, existen casos en que una constante de ruido, mantiene al niño sumido en ese eterno olvido de la muerte. De este modo, el niño crece alejado de temores. Aislado en la incomprensión, ajeno a los clamores.

No piensa en dios ni le teme. Se sabe ajena al mundo, innecesaria. Ve llegar las primaveras cuan si muerta estuviera y aun así florecen las flores de la misma manera.

No responde a la llamada del ego, no tiene verdadera conscientia, ni afán de perpetuación, ni deseos ligados a la inmortalidad o la resurrección. ¿Que le ha sido impedida al estar ya muerta? Sangre gnóstica de ingrato recuerdo; ¿primero ha muerto y después ha resucitado? No, primero ha resucitado y después ha muerto. Pues si uno no consigue primero la resurrección no morirá, porque ya estará muerto.

En casa del cobarde no hay llanto. Jamás se alimento de falsía, derrota o humillación. Nada tiene importancia, no late el corazón de hojalata en su luto perpetuo, eterno desvelo.

Se mantiene apenas en superficie, rayando la disolvencia de un mosaico de microscópicos granos de almidón. Ahuyentando imágenes como si fuesen osos merodeando en torno a los despojos. Osos que bajan de las montañas para alimentarse de pasado. Las sobras de los vivos, los que saben vivir en superficie, los que pueden, aun.

Ahora recuerdo el árbol que daba calaveras en agosto. Recuerdo no saber llorar las penas de nuestros muertos. Nunca quise usar esa arma que dispara al futuro cargada de pasado. No la quise usar por desprecio a quienes la usaban. Ahora espero. Y cuando al ciervo le salgan rosas en el rosal de sus cuernos habrá llegado el día de la resurrección de la carne.

Cada uno porta su cruz y la hace cuanquiera pesada. Dentro encuentra el rosal, el poema y la daga.

Desentromentirte hasta el centronco del almima blanca.


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